Inspiración: Workshop

Taller: Moto Chop Shop

Echa un vistazo a uno de los talleres de custom más chulos

Este taller de Los Ángeles está haciendo mucho ruido. Desde que empezó en el negocio en 2013, Moto Chop Shop ha personalizado más de cien motos, todas ellas con unas preciosas líneas y el característico estilo Chop Shop. Reagan Alexander, nuestra corresponsal en Los Ángeles, ha visitado el taller.

El filósofo Diógenes tenía la costumbre de portar un farol de día y lo acercaba a la cara a los ciudadanos de Atenas en busca de un hombre honesto. No me puedo imaginar la cantidad de aceite para lámpara que habría gastado Diógenes en Los Ángeles si hubiese buscado un constructor de motos honesto.

«Os diré exactamente cómo funciona la cosa»

Kevin Stanley, propietario y fundador de Moto Chop Shop, es uno de los pocos hombres que se han sometido al esclarecedor estudio del ser, donde la virtud se demuestra con los actos y no con la teoría.

Fotos: Lauryn Myers

«La mayoría de mis clientes vienen por el boca a boca», nos cuenta al poco de comenzar nuestra conversación en su abarrotado pero ordenado garaje de Van Nuys antes de comentar, casi a modo de advertencia: «Os diré exactamente cómo funciona la cosa. Puedo parecer un imbécil para algunas personas, pero digo las cosas como son. Soy sincero».

Kevin con su perilla, sus gafas, su risa fácil y su sonrisa aún más fácil, es el mejor colega con el que te puedes encontrar en un mundo de preparadores de motos que te calentarán la cabeza y no te dejarán más que un mazo de facturas que sirven tanto para estrujarte la cartera como para secarte las lágrimas después del sablazo.

Soy más bien un personalizador, yo personalizo las motos, no las fabrico partiendo de cero

Hay algunos talleres que cambian el manillar, las estriberas y los escapes a la moto y lo llaman «un proyecto custom». Kevin, que tras años de experiencia con motos japonesas vintage trabaja ahora exclusivamente con las Triumph, ha decidido redescubrir la perfección, pero rehuye considerarse un constructor de motos custom. La modestia es una virtud incluso en el mundo de las motos, aunque se ejerce bastante poco.

«No me considero un constructor», se justifica. «Estas motos ya están fabricadas. Soy más bien un personalizador, yo personalizo las motos, no las fabrico partiendo de cero».

Para este hombre, la distinción entre creador y revisor es sencilla, ya que reconoce que se le ha proporcionado una máquina que está bien de por sí y que él tan solo debe mejorar.

«Puede que haya trabajado mucho en los proyectos», nos cuenta refiriéndose a las personalizaciones que ha realizado, «pero tuve mucha ayuda de otras personas para conseguirlo».

«Sin artificios»

Kevin aprecia una moto por lo que es y valora lo que podría llegar a ser, del mismo modo que Miguel Ángel contemplaba un bloque de mármol y veía la estatua que había en su interior, tal como relataba: «solamente tengo que quitar las paredes que aprisionan a la maravillosa aparición para revelarla a los ojos de otros, tal como la ven los míos». En pocas palabras: «Sin artificios», sentencia Kevin. «Así es como llevo adelante los proyectos».

Kevin, natural de San Diego, se crió entre motos y comenzó a montar a una edad en la que los demás empezamos a plantearnos que lo de los Reyes Magos no se sostiene. Cuenta que controlaba perfectamente una CR 80 de dos tiempos, pero que bajo supervisión paterna era capaz de subirse a cualquier cosa que hiciese ruido y echase humo.

«Mi padre se dedicaba a la construcción», nos cuenta. «Me enseñó a conducir camiones, tráilers, lo que tuviera, así que siempre estuve aprendiendo a conducir y a montar en moto. Había un montón de motos de dos tiempos, trikes y quads».

Siempre fue un quemagoma

Kevin creció, pero no perdió la afición por todo aquello que hiciese ruido o petardease, con la resolución y el entusiasmo de quien necesita levantar polvo o devorar asfalto. Al poco tiempo ya estaba personalizando motos en su modesto apartamento, especializándose en modelos vintage del lejano oriente.

Afortunadamente para Kevin, sus amigos aparecieron en escena. En lugar de una intervención fue más bien un llamamiento.

«Acostumbraba a comprar motos por 200 ó 300 pavos y luego las vendía con un beneficio», recuerda. «Tenía un par de amigos que se aficionaron a las Triumph y estaban dándome la murga todo el rato».

Uno de esos amigos le llevó su Triumph nueva y convenció a Kevin para que le diese un repaso.  De mala gana, Kevin accedió a darle un sencillo repaso.

Moto Chop Shop lleva abierto cinco años y Kevin admite con modestia que en este tiempo ha trabajado en más de cien motos

Limpió y repasó los carburadores, cambió el aceite, se lavó las manos y terminó el trabajo para volver a las máquinas japonesas vintage que se habían convertido en su medio de subsistencia.

Cuando llegó a casa le dijo a su mujer: «me parece que mis amigos han dado con algo gordo». Y como hacen todas las grandes parejas cuando ven la esperanza y el gozo en los ojos de su ser querido, su mujer dijo simplemente «a por ello».

Moto Chop Shop lleva abierto cinco años y Kevin admite con modestia que en este tiempo han entrado y salido más de cien motos por la discreta puerta de su garaje.

150 Triumph y subiendo

Hay un viejo refrán que dice así: «No se puede escupir en Los Ángeles sin darle a un pretencioso que te suelte una cita de algún desconocido filósofo griego». Pero ahora hay una versión más moderna: «No se puede escupir en Los Ángeles sin darle a una Triumph custom de Kevin Stanley».

Con más de 150 clientes con una Triumph y dos peques gateando por casa, a Kevin no le queda mucho tiempo para la promoción, a pesar de que en los círculos de gente que viaja sobre dos ruedas y traga bichos cuando abren la boca lo conocen como El Mago, y también como el Obi Wan Kenobi de las Triumph.

«Siempre estoy cansado», nos cuenta con una sonrisa mientras mira la fila de motos del garaje. «Tengo dos niños en esa edad en la que son adorables y tremendos».

No hay que olvidar que la ecuación es sencilla: Honestidad + Integridad – Artificios

Por eso, cuando un cliente entra por la puerta del taller la conversación es directa porque tiene que ser sincera.

«Casi nunca pregunto el presupuesto porque no es importante», dice Kevin. «Si sale el tema, les digo “mira, no me importa, te personalizaré la moto por cien dólares. Si no tienes mucho, conseguiré que tu moto quede guapa de una manera o de otra”. No hay que olvidar que la ecuación es sencilla: Honestidad + Integridad – Artificios.»

Una vez más, el sincero y honesto personalizador lo resume a su manera: «La gente que viene ha visto por ahí lo que he hecho». Y por primera vez la mirada de Kevin se fija en el pavimento bajo nuestros pies ante la puerta del taller, pavimento requemado por el sol de California.

«Y saben lo que pueden esperar o no habrían venido hasta aquí».