Inspiración: Big Trip

Zoe Cano New Zealand tour

Mototurismo en solitario por Nueva Zelanda

Zoë Cano y su Bonnie se enfrentan a un ciclón

La escritora y viajera en moto Zoë Cano se enfrenta a un clima feroz en este extracto de su último libro, Hellbent for Paradise (Disparada al Paraíso), en el que relata su viaje en solitario de dos meses por Nueva Zelanda a los mandos de una Triumph Bonneville de 900 cc.

De Te Anau, Fiordland, a Glenorchy, Isla Sur, Nueva Zelanda

Día 48; 217 km

Te Anau desaparece en el retrovisor mientras cruzo el río Whitestone para adentrarme en las grandes planicies que bordean las Eyre Mountains. Pero a los 30 minutos de carretera me siento fatal, agobiada por dos problemas que me persiguen sin descanso y que me han puesto en peligro durante todo el viaje. En primer lugar, las demenciales e impacientes autocaravanas, y en segundo lugar, los vientos más fuertes con los que me he encontrado en mi vida. Los ciclones postropicales hacían de las suyas en Nueva Zelanda. Un motorista me dijo una vez que si había que elegir entre viento y lluvia, la lluvia era con diferencia la mejor opción. Para mantener el equilibrio ante las salvajes embestidas del viento que me zarandea no me queda más remedio que reducir notablemente la velocidad.

Al poco tiempo estoy bordeando el enorme lago Wakatipu, con esas tremendas montañas que caen a plomo a las profundas aguas y con unas amenazadoras nubes cargadas de lluvia extendiéndose en todas direcciones. Pero el viento sigue siendo lo peor, ha ganado fuerza y la espuma cabalga sobre las olas en este empapado paraje. Las señales anaranjadas advierten en cada curva del peligro de desprendimiento de rocas. Glenorchy está a tan solo 45 kilómetros.

Contra los elementos

El viento llega violentamente desde el lago, su fuerza es sobrenatural, y al soplar desde el norte le pega de lleno de frente a la moto. No hay dónde refugiarse. Estoy literalmente al borde de un precipicio usando todas mis fuerzas para que el viento no se lleve mi moto cargada de equipaje.

La inimaginable fuerza del viento ha parado prácticamente la moto en lo alto de un acantilado sin protección. No soy capaz de hacerla avanzar. Echo el pie a tierra, estoy temblando de miedo. Esto no se parece a nada que haya vivido antes, el viento me golpea y casi me derriba. Estoy aterrada por encontrarme en un lugar tan desprotegido y donde puede aparecer otro vehículo en cualquier momento y estamparse contra mí.

Pero un poco más adelante veo una zona de descanso. Hay dos autocaravanas aparcadas con sus ocupantes cómodamente resguardados dentro, ignorantes de la que se está armando ahí fuera. Pienso inmediatamente en refugiarme. Si pudiera empujar la moto cuesta arriba de alguna manera hasta allí y ponerme a su lado, podría protegerme del viento y pensar durante un momento en lo que debo hacer a continuación. Pero no puedo moverme. A la desesperada, me pongo a gritar por encima del viento por si alguien me puede escuchar desde el interior de sus caparazones. «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ayudadme, por favor!»

Pero las palabras se pierden en el estruendo del viento. El mero hecho de soltar una mano del manillar para levantar el brazo y llamar su atención supone un esfuerzo excesivo y me arriesgo a que se me caiga la moto. Unos pocos coches me adelantan y contemplan mi desesperación, pero siguen adelante. Estoy en un punto muerto. Quizá debería dejar caer la moto. Mi pulso va aumentando y casi puedo sentir salir el corazón a través de la chaqueta. En ese momento consigo sacar las últimas fuerzas de no sé dónde y, paso a paso, empujo la moto hasta la primera autocaravana.

Una ayuda

Pero esta inconcebible escena de terror empeora mil veces cuando escucho que arrancan los motores para marcharse. Grito una última vez: «¡Socorro!» Pierdo el control y rompo a llorar. No por el efecto dramático, sino porque me siento totalmente indefensa. Un joven chino abre con cautela la puerta y sale al exterior. Me las arreglo para explicarle, sobre todo a base de gestos, que necesito que un par de personas me ayuden a mantener erguida la moto. Y la única solución que veo es que bajen la cuesta conmigo mientras yo voy subida a la moto. Así, si no hay más remedio, a menor altitud al menos estaré más protegida, y si aún así no puedo continuar, será más fácil abandonar.

El joven percibe la desesperación en mis ojos. «Ayúdeme, por favor. Necesito que dos de vosotros me ayudéis. ¡Os pagaré si hace falta!»

Así como suena. Estaba tan desesperada y era una situación tan apurada que estaba más que dispuesta a pagarles si hacía falta. El joven sonreía pero sacudió con vehemencia la cabeza ante mi propuesta económica: «No, no, pero sí que intentaremos ayudarte. Espera, voy a decir a mi familia lo que voy a hacer. Ellos no hablan inglés».

A estas alturas me parece que ha llegado el momento de presentarnos mutuamente. Y cuando estamos en estas, Chang se gira y grita a otro hombre que se asoma curioso desde la otra autocaravana: «¡Ven aquí! ¡Esta loca necesita que le echemos una mano con la moto!»

Y como en una escena de El Gordo y el Flaco, estos dos hombres, que no saben nada de motos, agarran aparatosamente la Bonnie y casi la tiran, pero la enderezan a la desesperada mientras yo pongo todo mi empeño en no caerme del asiento. Cuando el viento amaina durante un milisegundo, entre los tres conseguimos llevar la Bonneville cuesta abajo hasta la carretera que hay más abajo. Estoy a punto de abrazar a Chang, pero los segundos son vitales y en esta zona protegida decido partir inmediatamente.

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