Inspiración: Big Trip

Mototurismo en Myanmar

Aventuras en moto por el sudeste asiático

Cuanto más cuesta conseguir algo, mejor sabe la recompensa. Tenlo en cuenta cuando recorras las carreteras de Myanmar.

Entre los aventureros sobre dos ruedas es vox populi que no se puede conseguir nada grande sin sufrir, poco o mucho, por el camino. Y si quieres una prueba de ello, vete a Myanmar. Cada bache y cada tramo de carretera destripada (con tuberías asomando y todo) de esta ruta tan poco transitada entre la India y Tailandia es un paso más que te acerca a la revelación, pero dejemos que sean Julia Sanders y el equipo de GlobeBusters los que lideren…

«No es un sitio para pusilánimes»

Según Julia: «La carretera desde la frontera hasta Mandalay no es para pusilánimes: curvas y más curvas, horquillas imposibles, barrizales, descensos vertiginosos, un asfalto desgastado hasta llegar al lecho de grava y con las tuberías del subsuelo a la vista.

«Si uno está acostumbrado a viajar por la Europa sin fronteras, aquí se va a llevar una sorpresa de las gordas. El gobierno sigue ejerciendo un estricto control, así que es imprescindible planificar el viaje».

Los guías, en un alarde de osadía y como agasajo a los exploradores visitantes, van abriendo camino a medida que nos adentramos en el país, pasando por diminutas aldeas de casas de madera y recibiendo siembre una cálida acogida.

Vamos allá

El país se pasó más de medio siglo prácticamente aislado de la influencia del mundo exterior, pero las cosas comenzaron a cambiar con la reforma política de 2011 y Myanmar, conocida anteriormente como Birmania, va abriéndose al turismo.

Sigue siendo necesario organizarse y adelantar el papeleo: obtener el visado para viajar, presentar copias del pasaporte, poner al día el permiso de conducir y los documentos de propiedad y tomar (y enviar) fotos de la moto.  Sin eso no pasarás la frontera.

¿Qué tal se te da lidiar con la burocracia? Existe otro problema: la comarca cercana a la frontera noreste con India pugna por su independencia y los disturbios son frecuentes.

Julia nos cuenta: «Resulta irónico que la manera más segura de viajar por el país sea uniéndonos a un convoy militar tras pasar los puntos de control de la policía. La cosa puede llevar su tiempo, sobre todo si deciden revisar los portátiles, las cámaras y los teléfonos móviles buscando fotos en las que aparezcan instalaciones y actividades militares».

Luces y sirenas

Contar con una agencia con sede en Myanmar merece con creces el gasto, ya que se conocen el percal. Una vez cruzado el Puente Internacional de la Amistad y entrado en Myanmar, la agencia entra en acción con un vehículo de apoyo, conductor, guía jefe, asistente e incluso un asesor acerca del estado de la carretera durante los 9.700 km del viaje.

«Solían ir por delante de nosotros con luces y sirenas. La carretera se despejaba, sí, pero en cuanto pasaba el coche de cabecera todos los vehículos que se habían apartado se abalanzaban a la calzada sin prestar atención a los que venían detrás, que eramos nosotros», recuerda.

A las dificultades inherentes a semejante viaje de seis semanas se sumó un aguacero de 48 horas de duración, y la temperatura y la humedad hicieron imposible que el grupo de Tigers se pusiera los trajes de agua.

Desintegrado

«Nuestros guías tampoco se habían topado antes con algo así y las condiciones de la carretera cambian tanto que obtener una descripción del tramo que teníamos por delante por parte de alguien que no habla inglés como idioma natal, no monta en moto y además no ha estado allí era totalmente inútil», cuenta entre risas.

«Una de las carreteras la describieron como asfaltada. Bueno, quizá lo hubiera estado hace 50 años, pero desde entonces se había desintegrado con el rodar de camiones pesados a paso de tortuga por aquel camino de montaña de curvas imposibles, roderas profundas, pasos estrechos y adelantamientos de infarto.  En Myanmar a eso se le llama «carretera aceptable con buen firme»».

«Vete ya, antes de que cambie»

La recompensa llega en forma de infinitas teterías y casas de comidas por el camino. Con un precio tirado, por cierto. Por caminos más rurales, toda parada en el camino venía acompañada de una invitación a tomar té por parte de los encantadores birmanos, con sus enormes sonrisas y su cauteloso interés por las Tiger 800.

Julia continúa su relato: «No se ven influencias occidentales: no encontrarás ninguna hamburguesería, la atención es lánguida, su inglés es rudimentario y las conexiones wifi son escasas y lentas. Cuando cruzas la frontera y entras en Tailandia es como llegar a EE.UU., con sus enormes autopistas y marcas americanas allá donde mires.

«Vete a verlo ya, antes de que cambie. En algunos aspectos Myanmar me recuerda a Cuba, con esa decadente atmosfera colonial que hace que el viaje merezca tanto la pena. Y recuerda que al que algo quiere, algo le cuesta».