Inspiración: Big Trip

El chico de la Rocket: Tercera parte

Sorpresa sudamericana

En la penúltima etapa de su emotiva vuelta al mundo sobre una Rocket, Mark Holmes cuestiona las ideas preconcebidas que lastran a Sudamérica. Su viaje de descubrimiento comenzó hace un año, tras la muerte de su esposa, y le ha sorprendido constantemente. Lee los comienzos de la historia de Mark

Aquí tienes seis cosas que casi, casi, le hacen dejarlo.

La amabilidad de los demás

He aprendido que cuando viajas en solitario hay dos maneras de solucionar los problemas. Una es enfrentarte a ellos tú solito, y la otra es aprovechar la generosidad de los demás.

Cuando recogí mi moto, enviada por avión a Santiago de Chile desde Australia, no estaba seguro de lo que me iba a encontrar en este conjunto países del hemisferio sur denostados por los medios de comunicación de todo el mundo. La rueda delantera estaba desinflada para que la moto pudiera entrar en la caja y el deposito se había vaciado y le quedaba menos de un litro, así que la idea de meterme ocho kilómetros de carretera abarrotada para llegar a la gasolinera más cercana me tenía aterrado.

Me quedé sin gasolina y sin suerte, así que caminé hasta la gasolinera para descubrir que no vendían bidones de gasolina. El dependiente del mostrador me agenció no sé cómo una botella de plástico: problema resuelto. Luego me enteré de que la bomba de inflado de la gasolinera estaba estropeada. En ese momento apareció por allí un camionero que conectó una toma de aire a su compresor e incluso me enseñó un manómetro para comprobar la presión.

Empapado de belleza… literalmente

Santiago, como gran parte de Sudamérica, es una mezcla de arquitectura colonial española de los siglos XVI y XVII con el ritmo de los tiempos modernos. El país se extiende desde el desierto de Atacama en el norte a las montañas, fiordos y glaciares del sur. Hacia allí me dirigí, viajando de ocho a diez horas al día hasta legar al glaciar Perito Moreno, justo en el lado argentino de la frontera.

El monstruoso glaciar se desliza suavemente por el extremo sur de los Andes hasta acabar en un lago de aguas azules, donde se va desmoronando en grandes trozos. El ruido semejante al disparo de un arma de fuego, seguido del retumbar, el chapoteo y los gritos de los turistas, como yo, me pusieron los pelos de punta. Es un espectáculo verdaderamente impresionante y un acontecimiento que se repite varias veces al día en los meses de verano. La culpa no es del calentamiento global, lleva milenios ocurriendo así. La temperatura en verano siempre supera los cero grados y la superficie del lago se encuentra a tan solo 180 metros sobre el nivel del mar. Es inevitable que la cosa acabe así.

El increíble glaciar Perito Moreno

Llamas bobas en la Patagonia

Cuanto más al sur viajaba en la Patagonia, más plano se volvía el paisaje. Los árboles eran más bajos, los arbustos más secos y la hierba más rala. Las llamas son los animales más comunes y me entretenía observando su mirada embobada. Tuvimos más de una conversación cuando aflojaba la velocidad al cruzármelos. Te pasan cosas muy raras dentro del casco cuando no tienes con quién hablar. No creo que en mis viajes vea muchos más armadillos cruzando la carretera, pero en el sur de la Patagonia me encontré unos cuantos.

Fútbol y caídas

Sabía que Buenos Aires me atraería por su pasión por el fútbol, pero su efecto sobre la ciudad y sus gentes era algo espectacular. Los estadios del River Plate y del Boca Juniors se encuentran en el centro de la ciudad, junto a preciosos edificios, instalaciones de arte, coloridos muros, arquitectura moderna y centros donde se ofrecen clases de tango. Es como si el arte y este hermoso juego estuviesen aquí irremediablemente unidos.

A tres días de viaje en dirección norte desde Buenos Aires la temperatura y la humedad ascienden cuando cruzo el Trópico de Capricornio, la frontera entre Argentina y Brasil, y me acerco a la frontera de Paraguay, donde se encuentran el río Iguazú y las cataratas del mismo nombre. Con nada menos que 275 cataratas en 2,7 kilómetros, es el mayor conjunto de cataratas del mundo. La caída es de 80 metros, así que las salpicaduras están aseguradas y todos los visitantes acaban empapados.

Las Cataratas de Iguazú

Mi Rocket es humana después de todo

Esto sí que fue una sorpresa. Me dirigía a Río de Janeiro, en Brasil, atravesando la dispersión urbana de Sao Paulo, cuando algo se le rompió a la moto. Sin poder dar crédito al hecho de que mi –hasta ahora– indestructible Triumph Rocket era humana después de todo, ya que hasta entonces había recorrido todo el mundo sin pestañear siquiera, decidí continuar. Cambiar de marcha requería varios intentos con la palanca, rezando para que la marcha entrase. Se podía conducir, pero hacía un ruido que te encogía el corazón.

Triumph tiene una estupenda red de concesionarios en todo el mundo, y en Brasil cuenta con una planta de montaje y una gran red de asistencia. Hay un gran concesionario en Sao Paulo y otro en Río. Decidí arriesgarme a llegar a Río. La jugada me salio bien, Triumph Rio Barra me atendió estupendamente. Estuve 11 días en Rio esperando que llegase la pieza. ¡Un muelle! Sí señor, al final era simplemente que se había roto un muelle en el interior de la caja de cambios.

Rio es una ciudad fascinante y preciosa a partes iguales, llena de gente maravillosa, fútbol, selva, enormes ríos y samba, todo ello bajo la tutela de la estatua de Cristo Redentor, que tardó 12 años en construirse y que se levanta 700 metros sobre la ciudad en la montaña del Corcovado. Pero la visita no está completa sin un partido de fútbol y yo llegué a tiempo de ver al Vasco da Gama vencer 3-2 al Fluminense en Maracaná en la semifinal de la Copa Carioca. Aunque hay ultras en los equipos, las hinchadas se sientan mezcladas sin problemas y todos se abrazan tras el pitido del final de partido.

La Rocket ha recorrido el mundo entero sin pestañear

Sonrisas ante las complicaciones

Estuve en lugares terribles sin aire acondicionado, una pileta custodiada por perros y no muchas cortinas, pero siempre me sorprendía la gran sonrisa de la gente, cosa que agradecía mucho.

El estado de la carretera fue aceptable hasta Santa Cruz, la mayor ciudad de Bolivia. Tras cuatro horas nos dejaron pasar, pero la destrozada carretera se acabó en unas obras, el firme se convirtió en tierra, luego grava, arena y barro, para acabar convertida en un lecho de piedras. tuve que dar media vuelta.

Las dos direcciones al mismo tiempo.