Inspiración: Lifestyle

«Cada vez que me monto en la moto, la sensación es abrumadora»

No dejes de ver la historia de pérdida, orgullo y descubrimiento de Sam Moore

Hay muchos motivos para montar en moto, dice Reagan Alexander, corresponsal de FTR en Los Ángeles. La mayoría son bastante tontos, otros están llenos de orgullo, algunos se olvidan, y luego están esos motivos para montar que son justos y significativos, y que hacen cierto lo de que «abyssus abyssum invocat».

Un abismo llama a otro abismo

Samantha Moore, originaria de Los Ángeles, nunca quiso montar en moto. Su primera experiencia sobre dos ruedas fue lo suficientemente aterradora y efímera, cuando de niña, se aferró a la espalda de su padre mientras este avanzaba por la autovía acelerando a tope su ruidosa cruiser.

«Lo único que recuerdo es que mi padre alargó el brazo y me dio un golpe en el casco», dice riendo en silencio, con la forma tan particular que tiene Sam de reírse, más que nada con los ojos, un gesto que se puede oír incluso desde el otro lado de la habitación. «Solo para que le sacara el casco de entre los hombros, de lo fuerte que me estaba agarrando».

Fotos y vídeo: Errol Colandro y el3Productions

El padre de Samantha Moore montaba en moto por la sensación de alegría pura y sin límites que da estar sobre dos ruedas. Empezó de joven, ganó seguridad en sí mismo, lo dejó durante un tiempo, y luego volvió a rendirse de nuevo a esa sensación: la noción del momento de la fricción, la goma contra la carretera, rindiéndose el uno al otro, fundidos en un abrazo que es una batalla que se libra en segundos.

Según la leyenda familiar, el señor Moore aparcó un día su Triumph Trophy y dijo: «Hay dos tipos de motociclistas: los que se han caído y los que todavía tienen que caerse». Luego les dijo a sus dos hijas pequeñas: «Yo todavía no me he caído, pero si me vuelvo a montar en esta moto, sucederá. Se acabó. Voy a aparcar la moto.

Me lo he pasado muy bien, pero no quiero arriesgarme más».

O en una frase que le viene mucho mejor a la comunidad motera: «Es mejor que pongas la parte brillante para arriba y la sucia para abajo».

Sam y su hermana gemela perdieron primero a su madre, después de una larga batalla contra el cáncer. Su padre falleció poco después, de repente e inesperadamente.

En lo que pareció un abrir y cerrar de ojos, dos mujeres jóvenes se encontraron luchando por aferrarse al recuerdo de las dos personas que las habían traído a este mundo; dos mujeres jóvenes que intentaban definirse a sí mismas sin la mitad de su familia, sin la parte brillante de arriba.

Dos ruedas mueven mi alma

Cuando se va alguien a quien quieres, te queda esa sensación de pérdida que te acompañará mientras vivas. No puedes superar el dolor, porque es como una ola que puede ir haciéndose cada vez más grande, sacando de nuevo los recuerdos a la superficie para acrecentar aún más su ya de por sí tremenda fortaleza, pero puedes manejarlo, hacer que sea tu compañero de viaje, hacerlo menos terminal, abrir este dolor a una conversación.

Samantha descubrió su pasión por las motos a través de este dolor, a través de una conversación así.

Su moto, no la primera, sino la ruidosa, se quedó durante años en el garaje compartido, a modo de reliquia y de recordatorio, hasta que un día Sam se unió a una ruta en grupo que era especial para su ya fallecido padre.

Solo hacía unos meses que el padre de Sam había muerto, pero en la concentración Why We Ride to the Quail, llegó a comprender el por qué de su pasión, aquello que lo hacía salir durante horas, durante días, aquello que lo hacía volver cubierto de tierra y oliendo a gasolina, con una sonrisa arrugada y las patas de gallo llenas de polvo.

«Tuve que ir en su lugar, descubrir de qué iba todo esto», dice Sam a FTR. «Verlo, vivirlo, y allí, en ese evento, fue donde me llegó la inspiración, y no viendo la moto de mi padre en el garaje todos los días».

También subió al podio dar un discurso profundamente corto y dulce, un fragmento proustiano que condensaba toda la vida de su padre, y desde la tarima de madera divisó un mar de ojos implorantes y acogedores. De repente lo vio todo claro.

De pie en aquel podio, Sam pudo ver a un grupo de extraños llenos de aceptación y de amor.

La brevedad y el olor a gasolina se convirtieron en un pozo de sabiduría.

«Me hice una promesa a mí misma», dice. «Les hice una promesa a ellos».

Sam, que había llegado de paquete, prometió que el año siguiente volvería conduciendo; no metiendo el casco entre los hombros de otro, sino mirando la carretera que estaba delante de ella.

Como cualquier piloto sabe, no fue una tarea fácil, ya que las motos pueden ser tan volubles como los caballos salvajes, con la importante diferencia de que los los caballos quieren mantenerse en pie, y las motos están normalmente más dispuestas a acabar en el suelo.

Aprendiendo los pasos

«Para mí fue como una clase de baile», admite Sam, y vuelve a reírse con una risa sale más de sus ojos que de sus labios, ya que no es muy frecuente que aprendas a bailar con una pareja que pesa casi doscientos treinta kilos.

Solo habían pasado unos meses, pero parecían toda una vida. Sam, cuya hermana aprendió a montar en una Thruxton, y cuyo padre tenía como gran amor una Triumph Trophy, se hizo con lo que ella llama una «Bonneville más que usada».

«Más abusada que usada», bromea. «Cuando me hice con ella estaba completamente desnuda».

Sus rutas no son una herencia, son un recuerdo. Cada ruta la lleva a ese momento en que ella es una niña asustada que se aferra a su padre mientras ve como la carretera se difumina, cada ruta la lleva al golpe de su mano enguantada en el casco, cada ruta abraza a la mujer en la que se ha convertido.

«No tengo miedo», dice, y la habilidad que demuestra en las carreteras de Los Ángeles es una prueba de ello. «Tengo más miedo cuando no estoy montada en la moto».

Y vuelve a reírse con esa risa silenciosa.

El viaje de Sam es un todo paseo por Hollywood que parte de Hollywood propiamente dicho y pasa por Sunset Boulevard, Sunset Strip y por los lugares donde descubrieron a The Doors, donde dejaron su huella Guns and Roses y donde estuvo una vez —y vuelve a estar— Tower Records.

La carretera lleva a Beverly Hills, a las frescas y opulentas mansiones de Sunset Boulevard que surgen a ambos lados, florecientes y verdes incluso durante la eterna sequía, y finalmente al Museo Getty, uno de los pocos monumentos bien hechos de la ciudad de los Ángeles.

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