Inspiración: Big Trip

Una Triumph Scrambler en Japón

Viaje en sidecar por el país de los templos y la tempura

En el puerto de Vladivostok se congregan buques de guerra con banderas de muchas naciones con su artillería apuntando a Corea del Norte; mientras tanto, los aventureros Bertrand y Geneviève Louchet se preparan para despedirse de Rusia y continuar su viaje en sidecar.

Después de que FTR los siguiera en su viaje desde Francia a Vladivostock —el extremo oriental de Rusia—, ahora deben enfrentarse inesperadamente a algo que NO van a echar de menos de la fascinante y diversa nación rusa. Agujeros por todas partes, contaminación, plov (un plato de aceite con arroz y trozos de carne) y ensaladilla rusa, que según parece es uno de los tres platos principales de cualquier restaurante.

Bertrand retoma la historia…

Scrambler sidercar trip to Vladivostok

Antes de coger el ferry a Corea del Sur, nos encontramos con el famoso dibujante y bloguero de motos francés Ptiluc, también conocido como Luc Lefebvre, que ahora vive en Vladivostock.

Como motorista intrépido, acostumbrado a los espacios abiertos y conocedor de nuestra pasión por recorrer las carreteras de un mundo que ofrece tantas maravillas al viajero, nos muestra lo mejor de su ciudad adoptiva, que estuvo prohibida a los extranjeros de 1958 a 1992.

Una estación a ninguna parte

Después de atracar en Sokcho, en Corea del Sur, a 50 km al norte de Seúl —evitando a Kim Jong-un— llegamos a una hermosa estación «perdida» construida en el año 2000 para unir las dos Coreas como parte de la Política de Sol. En 2003, tras la decisión del Norte de hacerse con armas nucleares, se convirtió en una línea de tren a ninguna parte.

Mapa con la Zona Desmilitarizada indicada en rojo

Observamos el país prohibido a través de 4 kilómetros de tierra de nadie en compañía de una horda de curiosos que vienen en tren y en autobús para ver la «parada fantasma».

A la derecha, Corea del Norte al otro lado de la Zona Desmilitarizada

Como breve interludio antes de dirigirnos finalmente a Japón, estos son algunos consejos que debes seguir si estás planeando un viaje a Corea.

  1. Llévate un mapa de carreteras… la librería más grande de Seúl solo tenía dos ejemplares.
  2. Descárgate una ruta en el móvil para orientarte. Google Maps no da indicaciones, Navmii no encuentra direcciones y Maps, tan efectivo en Mongolia, no distingue entre autovías y carreteras «normales».
  3. Las autovías están vedadas a las motos, así que imagínate nuestra sorpresa la primera mañana cuando no nos dejaron entrar en la autovía que lleva a Seúl.

Finalmente, llegamos a Seúl, una megápolis de 10 millones de habitantes, 25 millones si se cuenta a todos los que tienen acceso al metro, en un país con una población de 51 millones. La parte buena es que se conduce por la derecha, las carreteras son lisas como la seda y tienen señales en dos idiomas, uno de ellos, inglés. Además, los coreanos conducen perfectamente y sin prisas, posiblemente porque en todos los cruces hay un semáforo.

¿Una visita al templo para los pecadores?

Salimos de la metrópoli y nos dirigimos a Geochang. Su templo de Haeinsa es uno de los más bonitos de Corea. También es una de las mayores bibliotecas budistas del mundo y alberga una colección de más de 80.000 tablillas de madera grabada del siglo XIII, que representan los tres cánones del budismo: la ética, la meditación y la sabiduría.

Forma parte de un retiro para que los pecadores como nosotros sigan el ritmo de los monjes a través de la oración, la meditación y la sopa de fideos, pero a pesar de la tentación, nos dirigimos hacia el este, hasta el monte donde se encuentra Seokguram. Desde aquí, si eres coreano, se puede ver el mar del Este, aunque un ciudadano japonés estaría viendo el mar de Japón. El Buda Shakyamuni lleva 1.200 años vigilando el país desde su cueva, sin apartar los ojos del Mar del Este para proteger a su nación.

El oro olímpico y el sol naciente

Cuando llegamos a principios de 2018, los preparativos para los Juegos Olímpicos de Invierno avanzaban a buen ritmo en el parque Olímpico de Yongpeong. A unos cuantos kilómetros de distancia, Alpensia acogió hace unas semanas la ceremonia de inauguración con sus pistas de salto de esquí, trineo y bobsleigh… y suntuosas carreteras y aseos públicos.

Tras un trayecto en ferry de 15 horas de Donghae (Corea) a Sakaiminato (Kansai, Japón), atracamos en la bahía junto a la flota pesquera y obtenemos permiso para pasar con nuestro sidecar y nuestra Scrambler, Orange Blue, tras un exhaustivo registro de nuestro equipaje. Bastante simple.

Después de buscar acomodo para pasar la noche, nos relajamos en un onsen (un balneario de aguas termales colectivo), nos ponemos un yukata (kimono de algodón) y calcetines con los dedos separados, y comemos sashimi, gyoza, tofu y tempura en la bahía mientras vemos como la luna sale por el horizonte. Estamos en Japón, con el canto de las cigarras y la luna blanca sobre el agua.

Inspirado por un espía

Avanzamos hasta Tokio, donde voy a cumplir un antiguo sueño. Un brillante espía llamado Richard Sorge desempeñó un papel clave en el resultado de la segunda guerra mundial. En su biografía, cuenta cómo recorría las calles de Tokio a toda velocidad en una moto. Cuando lo leí, me dije a mí mismo: «Un día, iré a Japón en moto»

Y aquí estamos, en una Triumph Scrambler y un sidecar, con solo dos reglas que seguir: no beber agua del grifo y no conducir de noche, más que nada porque conducen por la izquierda, así que puede que los coches que vengan en sentido contrario no vean el sidecar, al quedar oculto el faro. Pequeñas decisiones que salvan vidas. Hace dos días nos sorprendió la noche en la carretera, pero por suerte, los japoneses son conductores tranquilos y respetuosos con las normas. En Georgia estaríamos muertos. Continuamos nuestro camino hacia un ryokan cercano (una posada típica japonesa).

Un paraíso en Kyoto

Nos dirigimos hacia el este, hasta el templo de Shōren-in, con su hermoso jardín adornado con un gigantesco alcanforero de 800 años de antigüedad, junto a un estanque lleno de enormes piedras y alimentado por una pequeña cascada. Otro día y otro impresionante templo, esta vez el Kurama-dera: el templo de la montaña en la recóndita zona natural que se extiende a los pies del monte Kurama, y al que solo se puede acceder con su propio tren de montaña.

Mañana visitaremos la terraza de Kinkaku, el Pabellón de Oro, para ver salir la luna entre las ramas de un bonsái de 600 años esculpido en forma de un barco orientado hacia el oeste, donde se dice que se encuentra el paraíso. En el bosque de bambú, donde las plantas exóticas florecen y mueren al mismo tiempo, llueve una vez cada 100 años.

El jardín de Gonaitei en Kyoto

Una rareza en la carretera

En 2.000 km solo hemos visto dos sidecars. Algo sorprendente, dado que las carreteras son excelentes, aunque no tan sorprendente si pensamos que hay un semáforo cada 200 metros. Aún así, es una forma estupenda de recorrer el país del sol naciente, aunque parece que este medio de transporte está reservado a los japoneses ricos que importan sus vehículos de países en los que se conduce por la derecha.

Viajar con la persona a la que amas

Como todavía es verano, yo me doy un chapuzón en el Pacífico mientras Genevieve visita un pequeño templo budista en el campo. Más tarde, en el puerto, una vez que los barcos pesqueros han descargado su cargamento, nos comemos una fuente de pescado crudo variado con un chorrito de soja.

Pasamos la noche en Kishiwada, en una casa de samuráis con vistas al océano, donde conocemos a una mujer francesa que lleva más de 30 años viviendo en Japón con su marido japonés. Geneviève le pregunta qué ha aprendido viviendo aquí y ella responde: «Que uno puede vivir y viajar felizmente a cualquier parte cuando se está con las personas a las que se ama». Y es verdad.

Pero ¡ay!, todas las historias bonitas tienen un final, y esta no es una excepción. Después de dejar a Geneviève en el aeropuerto de Kansai, en el centro de la bahía de Osaka, llevé Orange Blue al puerto de Kobe para que iniciara su viaje de regreso a Francia en barco, y luego a casa.

Tras superar todos los obstáculos burocráticos, haciendo gala de la paciencia y el autocontrol de los japoneses, ahora espera en un almacén. Tardará menos de dos meses en llegar a Le Havre tras cruzar el Pacífico y el Atlántico —y posiblemente también el Océano Índico—… aunque ella no verá mucho. Yo la seguiré en avión.

Y la moraleja es… hazlo en una Triumph

Aún es pronto para conocer la moraleja de esta historia, si es que hay una, pero, en lo que se refiere a la conducción de motos, hemos aprendido varias lecciones.

Fiabilidad La Triumph Scrambler de 2016 es una máquina sólida y fiable y una «buena chica», que funciona sin averiarse a más de 50 °C y bajo lluvias torrenciales, con baches que habrían acabado con el bastidor de otras máquinas.

Equilibrio Sorprende el equilibrio y la estabilidad de la moto y el sidecar cuando se conduce por carreteras planas a una velocidad constante, sin tener que corregir la trayectoria tirando de un extremo del manillar y empujando el otro. Puedes conducir durante horas sin que se te cansen los músculos o te den calambres.

Potencia Más que suficiente (a diferencia de lo que ocurre con otras motos cuando se les pone un sidecar). Y se puede ir por autovía sin forzar el motor.

Comodidad Geneviève, que se había sometido a una operación de columna menos de dos meses antes, atravesó los baches de Siberia sin daños ni el más mínimo inconveniente gracias a la suspensión y el asiento.